Vuelvo a Marrakech, la Ciudad Roja. Es la tercera ocasión.
He de decir que la primera vez que visité la ciudad me decepcionó. Después de haber apreciado el esplendor imperial de otras ciudades como Fez, o en el encanto de muchos pueblos y lugares del país, Marrakech se me revelaba una ciudad un poco sosa, demasiado descafeinada… no alcanzaba a comprender las razones por las que multitud de adinerados europeos la eligen como preferente ciudad de vacaciones o, incluso, establecen aquí una segunda residencia.
Poco a poco, me voy a dando cuenta de que Marrakech es una ciudad especial. Es cierto, no es esencialmente monumental, pero, sin embargo, cada vez que vuelvo a visitarla, me va llegando con más intensidad ese halo de ciudad de las mil y una noches, ciudad exótica y distante, de vientos calientes soplando desde el Sahara, de alfombras mágicas y encantadores de serpientes, y de especias y perfumes transportados en caravanas de camellos…
Esta vez no voy a Marrakech de visita turística. Los sitios de interés que recomiendan las guías ya los he frecuentado, algunos de ellos varias veces.
Voy a sumergirme en la ciudad, a disfrutarla, y a relajarme degustando sin prisas sus olores, sus sabores, sus colores, y algunos de los pequeños placeres que ofrece a cuantos en ella moran.
Voy a sumergirme en la ciudad, a disfrutarla, y a relajarme degustando sin prisas sus olores, sus sabores, sus colores, y algunos de los pequeños placeres que ofrece a cuantos en ella moran.
MARRAKECH Y LAS COMPRAS
Una de las principales actividades que puede hacerse en Marrakech es ir de compras.
Y el lugar para ir de compras es el zoco. Está en la medina, el barrio antigüo. Está formado por un entramado de laberínticas calles. De sobra son conocidos los productos que allí puedes comprar: especias, medicinas naturales, cerámica, alfombras, babuchas y todo tipo de productos hechos en piel, joyas (brazaletes de plata, pulseras, pendientes, anillos), productos de madera (desde tableros de ajedrez hasta colgantes), de metal (numerosos artículos del hogar como jarras, platos o teteras), ropas tradicionales (el kaftan para las mujeres, o la chilaba para los hombre)…
Pero en muchos lugares del zoco también puedes encontrar falsificaciones casi perfectas de artículos y ropa, y a precios de ganga: pantalones (diesel, dolce gabana…) o camisetas, te costarán después del regateo, poco mas de diez euros.
Cada esquina del zoco es una explosión de olores y colores.
La parte principal del zoco está frecuentada por una plaga de turistas...
La parte principal del zoco está frecuentada por una plaga de turistas...
... pero yo, esta vez, decidí sumergirme en el auténtico zoco, el escondido, donde los turistas no suelen llegar salvo equivocados: es allí donde compran los habitantes de la ciudad, y donde puede observarse su cultura y su idiosincrasia... Fijaos: esto sería algo así como el mercadillo de martes.. me encantó:
Podeis ver como las mujeres vuelven su rostro o tapan su cara al atisbo de mi cámara...
En fin... un lugar más que me sorprendió.
MARREKECH Y LAS COMIDAS
He de decir que casi siempre que voy a Marruecos acabo cogiendo colitis. Una de las veces que fui, tuve que estar un día entero en la habitación de un hotel, alimentándome a base de suero líquido. La última vez, hace un año, fui con la familia y prácticamente todos vinimos con los dichosos bichitos en los intestinos. Y eso sin hacer excesos....
Esta vez, después de sobrevivir casi cuatro días en la montaña, donde las condiciones higiénicas eran muy deficientes, aprecio sorprendido que mi apartado digestivo funciona con total normalidad. El fortasec sigue en el fondo de mi maleta.
¿Estaré ya inmunizado? Como solo me quedan dos días y no hay demasiado que perder, decido jugármela, y hacer lo que siempre he querido desde que voy a marruecos: alimentarme como un auténtico marroquí, con su comida, y en sus establecimientos.
El primer día, me dejo deslumbrar por un típico local en las afueras de la medina….
¿Que se puede pedir aquí? Póngame… un poco de todo. En un bol de cerámica, vierte algo así como unas tripas y callos hervidos y secos… encima unas alubias, y después un par de enigmáticas salsas: así he probado de todo lo que hay en las tarteras que habeis visto en la foto anterior…
Voy a comer, pero: ¿y los cubiertos?. Se me olvidaba: en Marruecos se come con la mano (solo con la derecha, la izquierda se reserva para otros menesteres). ¿Las tengo limpias?. Yo que sé!.. solo sé q tengo hambre. Pido una coca cola y … al ataque! Aquí me teneis en plena faena:
Y ahora que me he pringado todo, ¿con que me limpio el bigote?. Tampoco hay servilletas sino unos trozos de papel áspero… Tendré que arreglarme: me he olvidado mi liquido de manos desinfectante...
Tras acabar, abono el importe del menú: no llega a dos euros, coca cola incluida. No os lo podréis creer pero todo estaba exquisito. Voy a continuar dando un paseo por la ciudad.
Una hora después de irme, caminando por la medina, un retortijón en mis tripas me hace temer lo peor… ¡Estoy loco:¿como he podido hacer eso?!. Empiezo a arrepentirme. Me siento en una terraza. Los retortijones desaparecen… Uffff: que bien! Prueba superada.
Al ataque con la siguiente: es la hora de cenar. El sitio adecuado es la plaza, en la que, por la noche, se llena de puestos donde multitud de turistas acuden para degustar, en condiciones higiénicas regularmente aceptables, Keftas (que son unas albóndigas con especias), salchichas, pinchos morunos... y otros platos que los estómagos europeos pueden, en ocasiones, tolerar.
Yo decido cenar en un puesto típicamente marroquí. El puesto está lleno, pero no había ningún turista. El plato principal del menú: cabeza de cordero entera. Se prepara hirviéndola escasos minutos con sal y pimienta. Una vez extraída del agua, las hábiles manos del chef, la despedezan para sacar lo mejor de su esencia….
El resultado se me sirve en un plato de plástico. Junto a él, otro de cerámica con una salsa cuya procedencia ignoro...
Por supuesto, también se come con las manos: aquí me tenéis en plena faena
Sinceramente: buenísimo.
Al día siguiente, decido comer en uno de esos restaurantes de “menú del día” marroquí, de similares características..
Esta vez toca Tajine de cordero: aunque el cordero, como veis, casi no se encuentra. Solo una pequeña bola de sebo de la que a duras penas podré sacar algo de carne...
Y por la noche, otro puesto árabe de la plaza, y otra especialidad no apetecible para extranjeros (salvo para mi, claro). Consiste en medio bollo de pan, abierto y untado con mantequilla, en el que se vierten, básicamente los siguientes ingredientes: huevo cocido, patata cocida, aceite, y sal… todo bien “despachurrado”.
Aquí me tenéis con el resultado:
Esta vez lo definiría como… ¿interesante?.
Bueno: aunque todo esto os parezca una gilipollez, habreis de reconocer que le he echado huevos… será por huevos:
RELAJÁNDOME EN MARRAKECH
Además de ir de compras, o disfrutar de los placeres de la buena mesa... ¿Que mas podemos hacer en Marrakech?
Vamos a ver…: me he mirado esta mañana al espejo y he visto que, con tanto peregrinar, tengo mi imagen un poquito descuidada. Así que, ¿que tal un buen corte de pelo, y un afeitado a navaja (de los de toda la vida) con masaje facial incluido? (Todo por menos de cinco euros).
¡Y lo bien que nos lo pasamos en la pelu los chicos y yo, con sus cuatro palabras en español y mis tres en ingles!: lo que menos importó fueron los manchones marrones de la toalla, que compartimos todos los clientes, y que no se había lavado en bastante tiempo. E igualmente intranscendente fue que el cepillo con el que me peinaban tuviese el fondo negro, o que tuviese costra entre las cerdas, y que estuviese repleto de pelos.
No podrás disfrutar del auténtico Marruecos si no te dejas los escrúpulos en España.
Otra de las actividades que me excitaron fue la de visitar un Hamman Tradicional. Después de mi estoica ruta por las montañas, necesito poner el cuerpo a tono, y nada mejor para ello que un buen masaje.
Para ir al Hamman has de saber que debes llevar varias cosas: una toalla, un bañador, jabón de aceite de oliva, y un guante “kessa”, que es exfoliante: en Marrakech te lo venden en cualquier puesto callejero.
Con todos los elementos me dirijo al Hammán “Dar el Bacha”, en una concurrida calle a las afueras de la Medina.
Una vez dentro del edificio, un hombre se acerca, y me apremia para que me quite la ropa, y me quede en bañador. A continuación me pasa a sala lúgubre, con luz mortecina. El techo está muy alto, en forma de bóveda de cañón. El sucio suelo, de terrazo, está encharcado en algunas zonas. Las paredes, necesitando un encalado con urgencia. No hay mas elementos en la sala que un par de grifos en una pared, y un montón de cubos azules.
El “masajista”, después de echar un cubo de agua en el suelo, me pide que me siente (en el suelo) en el lugar donde lo ha vertido. Me siento y… ¡Joder: ya me he quemado!. Me mira sonriente, como pensado: ¡No te queda nada!.
Cuando mi trasero se va acostumbrando al calorcito, le veo venir con dos cubos llenos de agua que, antes de que reaccione, derrama, de golpe, sobre mi : ahhhh, está hirviendo!. Este tio me ha escaldado!.
Me deja allí tirado diez o quince minutos reblandeciendo, y “en remojo”. Entonces, se acerca de nuevo mostrando en su mano el guante de kesaa que yo había llevado (está mas áspero que una lija del nueve) y restriega con fuerza cada centímetro de mi piel. Ufff: la cantidad de piel muerta que sale... y como escuece! Me está dejando la piel en carne viva!.
Supongo que ya estará bien de hacerme judiadas, ¿no? (¡mira que pagar diez euros por esto!). Pues no, “lo mejor” viene ahora: el “¿masaje?”. Sentado en el suelo, con las piernas extendidas, empieza a empujar mi cuerpo desde atrás hasta tocar con mis manos la punta de los dedos de los pies… ya me está haciendo daño!. Pero empiezo a flipar con la posturita siguiente: yo con los brazos en cruz, y él, presionando con su rodilla mi espalda, estira mis brazos hacia atrás, uno a uno, hasta el punto de quebrarse. ¡Este tío me va a romper!.
Lo doloroso y brusco de lo ejercicios va aumentando de forma directamente proporcional a los gritos que voy profiriendo, y que hacen eco en la silenciosa sala donde me encuentro. Al final acabo tumbado boca abajo y él, de rodillas sobre mi espalda, haciéndome un montón de perrerías. Ya está bien… me rindo!!!!!.
Viendo mi cara, y la forma en que lo miro (ya casi le estoy viendo cuernos y rabo), decide terminar el masaje, y llevarme a la sala siguiente, de similares características. Dentro, hay un hombre delgado y enjuto, sentado en el suelo, ataviado con bañador, con las barbas hasta la cintura, totalmente envuelto en jabón. ¡Que cuadro!.
Otra vez vierte un cubo de agua al suelo: me siento con cuidado, pero obediente, resignado a quemarme de nuevo las nalgas. Pero no: esta vez el agua está fría.
A continuación me enjabona, frotándome con el mismo guante de kessa con el que otrora me arrancara la piel. ¡Este pavo me va a dejar como la patena!
La última fase de la sesión consiste en ponerme de pie y verterme cubos de agua que va alternando: unos agua tibia, otros agua helada.
No me puedo creer que ya me invite a salir: pensé que no iba a terminar nunca!. Después de pagarle, me visto y abandono el local. La verdad es que me he quedado como un guante!. Y con la piel como la de un bebé! Voy a tener que reconocer que era un profesional!.
En fin.. ha sido otra experiencia curiosa y…ha merecido la pena.
Pero si hay un sitio donde realmente puedes disfrutar Marrakech, ese lugar es la plaza: Djemaa el Fna. La plaza es alucinante, es el espejo de la ciudad.
Cuando el sol aplaca su fuerza, en su plaza puedes ver de todo, y te puede pasar de todo: por ejemplo que te ofrezcan hachís con la misma naturalidad con que te piden la hora, o que un encantador de serpientes atrape una de ellas y te la cuelgue al cuello (para pedirte unos dirhams), o que una señora tome tu mano con intención de tatuártela con gena... Todas esas cosas, y muchas más, me han pasado a mí, aunque lógicamente ninguna de ellas pude fotografiar.
Lo variopinto de los personajes que cruzan la plaza, hacen que, durante el día, observar el deambular de la gente desde la terraza de cualquier bar, sea una actividad tremendamente interesante y entretenida. Por la noche, conviene acercarse a los distintos grupos de gente que se arremolinan para observar a músicos, adivinos, narradores de cuentos,… y artistas varios.
Por último, y para terminar el capítulo, quiero apuntar que Marrakech no solo es lo que os he contado. Es una ciudad donde la miseria y la opulencia se dan la mano con una armonía inquietante.
La medina y la ciudad nueva (Gueliz) están unidos: y sin embargo el contraste entre ambas zonas y las gentes que las pueblan es conmovedor. Incluso, el propio barrio de Gueliz, moderno y sofisticado, es, en sí mismo, una gran contracción: puedes encontrarte lujosos edificios, exclusivos pubs o restaurantes, hoteles de cinco estrellas,… y en sus aceras también puedes tropezarte con muchas madres jóvenes, que a duras penas sostienen un bebé en uno de sus brazos, mientras tienden el otro para suplicarte unas monedas.
El Gran Casino de Marrakech es un ejemplo de despropósito en ese mar de pobreza.
Después de todo lo que he visto en mi viaje, visitando este monumento a la suntuosidad y al despilfarro, no me siento demasiado bien. Me voy, acuciado por mi conciencia, que aquí me susurra que … demasiadas cosas, en este mundo, necesitan un cambio.
(para ver el final, hacer clic debajo en "entradas antiguas")

















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