A ver: un viaje de bajo coste, no solo supone un vuelo de bajo coste, sino también un alojamiento de bajo coste. Los vuelos de bajo coste salen de madrugada. Así que, como el metro cierra a la 1’30, y hasta las 5’00 no tengo que facturar, la mejor opción es dormir un rato en el aeropuerto. Al menos no pasaré la noche en vela!
No soy el único: como podeis ver una plaga de viajeros a distintos destinos tomaron esa idéntica y económica opción de alojamiento.
Llegué a Marrakech con tanto sueño como ilusión. Después de desayunar busco, en una parada próxima a la plaza, un autobús que me lleve al pueblo de Ilmil, desde donde comenzaré el treking de tres días que tengo planificado. Pronto descubro que, estas épocas del año, en que el turismo ha mermado, ya no parten transportes directos a Imlil, asi que, tendré hacer “transbordos”. El primer destino, Tahanaoute, a 40 km aproximadamente, y a mitad de camino, por el módico precio de unos sesenta céntimos de euro.
Viajar en un autobús de línea marroquí es una experiencia bien distinta a la de hacerlo en nuestro país. Los viajeros, que completan el destartalado autobús, son súbditos marroquíes, de avanzada edad, vestidos con sucias chilabas, gorros de ganchillo, y que portan bolsas llenas de verduras o equipajes diversos envueltos en cartón y atados con cuerdas como era costumbre en España hace medio siglo. Ríen y hablan entre ellos, y no dejan de mirarme como si fuera un bicho raro: seguramente lo soy para ellos!.
Al final del trayecto a Tahanaoute, solo quedo yo: el conductor me conmina a abandonar el autobús, dejándome abandonado a mi suerte en una cuneta a la salida del pueblo. En el desierto lugar, recuerdo que no hace ni veinticuatro horas estaba en Plasencia (la maravillosa ciudad donde vivo), en el barullo del sabado. No puedo sino preguntarme qué hago ahí, y a quién espero, con una mochila al hombro, en ese concreto y desolado punto del continente africano.
Al final del trayecto a Tahanaoute, solo quedo yo: el conductor me conmina a abandonar el autobús, dejándome abandonado a mi suerte en una cuneta a la salida del pueblo. En el desierto lugar, recuerdo que no hace ni veinticuatro horas estaba en Plasencia (la maravillosa ciudad donde vivo), en el barullo del sabado. No puedo sino preguntarme qué hago ahí, y a quién espero, con una mochila al hombro, en ese concreto y desolado punto del continente africano.
Me saca de dudas una de los primeros vehículos que se acerca: una furgoneta que se detiene a mi lado. Su conductor, serio, me hace un gesto invitándome a subir, confirmándome que me acercará a Asni, a 15 o 20 km. Dede ese punto tomaré el último transporte del día para llegar a mi destino.
El conductor de la furgoneta no articula palabra (casi mejor, porque no creo que pueda encontrar un idioma con el cual entendernos), y yo me entretengo contemplando los bonitos y exhuberantes paisajes de montaña que decoran la carretera. Al llegar, eso si, extiende la mano reclamando algunas monedas, que le entrego agradecido. Una cosa que hay que aprender: en Marruecos, todo el mundo está dispuesto a ayudarte, pero la ayuda nunca te saldrá gratis.
El conductor de la furgoneta no articula palabra (casi mejor, porque no creo que pueda encontrar un idioma con el cual entendernos), y yo me entretengo contemplando los bonitos y exhuberantes paisajes de montaña que decoran la carretera. Al llegar, eso si, extiende la mano reclamando algunas monedas, que le entrego agradecido. Una cosa que hay que aprender: en Marruecos, todo el mundo está dispuesto a ayudarte, pero la ayuda nunca te saldrá gratis.
En Asni, me evado de decenas de lugareños que vienen a acosarme con la venta de todo tipo de bisutería marroquí, sugiriéndome que el regalo a cualquier chica marroquí de alguno de sus cutres artículos será suficiente para romperle le corazón. En un quiosco, me sacan una silla de plástico para que, sentado al sol al borde de la carretera, deguste una coca cola, previo pago de su precio: 5 Dirhams, poco menos de 50 céntimos de euro.
Aqui podeis ver el quiosco (para que os metais en ambiente), al lado de la carnicería:
Mientras reposo, espero que se llene un viejo Land Rover “de línea”, que ha de llevarme a Imlil. El vehículo, atestado de gente circula a trompicones hasta mi destino por una carretera semiasfaltada. Tras un duro regateo, el precio del trayecto se fijó en 15 dirhams: al rato descubrí que ese precio era cinco dirhams más caro de lo que pagaban los viajeros habituales. En Marruecos es imposible que no te engañen.
Aqui podeis ver el quiosco (para que os metais en ambiente), al lado de la carnicería:
Mientras reposo, espero que se llene un viejo Land Rover “de línea”, que ha de llevarme a Imlil. El vehículo, atestado de gente circula a trompicones hasta mi destino por una carretera semiasfaltada. Tras un duro regateo, el precio del trayecto se fijó en 15 dirhams: al rato descubrí que ese precio era cinco dirhams más caro de lo que pagaban los viajeros habituales. En Marruecos es imposible que no te engañen.
Acabo de llegar a Ilmil:
Ahora toca buscar el hotel que previamente había reservado. Está en lo alto de una colina. Es sencillo, pero acogedor. La habitación no tiene baño, ni siquiera muebles, ... pero es muy muy alegre, no os parece?
Además, como veis, tiene una terraza grandísima para mi solo, con unas vistas espectaculares. Desde ella se observa en primer plano la mitad de la ruta que me espera mañana, la subida al Tizi n'Tamartet (2.279 m). En la foto no impone tanto, pero en realidad, asusta un poquito, sobre todo con el cansancio que traigo:

Ahora toca buscar el hotel que previamente había reservado. Está en lo alto de una colina. Es sencillo, pero acogedor. La habitación no tiene baño, ni siquiera muebles, ... pero es muy muy alegre, no os parece?
Además, como veis, tiene una terraza grandísima para mi solo, con unas vistas espectaculares. Desde ella se observa en primer plano la mitad de la ruta que me espera mañana, la subida al Tizi n'Tamartet (2.279 m). En la foto no impone tanto, pero en realidad, asusta un poquito, sobre todo con el cansancio que traigo:

Aprovecho la tarde para darme un paseo por los alrededores... ¿quereis ver alguna foto del entorno?.
Aquí teneis una foto del pueblo de Imlil, tomada desde una colina cercana:
Un niño me sigue, a cierta distancia, por la calles del pueblo. No recuerdo su nombre, pero si la ternura de su mirada. Cuando ves un niño en Marruecos, es inevitable comparar... tantas cosas!. La sonrisa que me regala cuando le muestro su imagen en mi cámara, despierta mi alegria y cariño.
De vuelta al hotel, llega la hora de la cena cena, fantástica y abundante (sopa, tajine de pollo, frutas variadas, y, como no, el té). Cené con una pareja inglesa, que se esforzó tanto en descifrar mi deficiente inglés como yo en intentar que me comprendieran. Los volvería a encontrar unos días después en las calles de Marrakech.
La verdad es que tengo pocas ganas de conversar, y menos en otra lengua: solo deseo descansar. Estoy muerto.
La verdad es que tengo pocas ganas de conversar, y menos en otra lengua: solo deseo descansar. Estoy muerto.










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