PRIMERA JORNADA DE RUTA: DE IMLIL A OUANESKRA
He dormido casi 11 horas. Es hora de desayunar y comenzar la ruta.
El desayuno, copioso: mantequilla, mermelada, tortas de maíz con miel, café con leche, te, huevo cocido, zumo de naranja…
Con un Salam Malecum me despido, después de abonar el módico precio de la media pensión: 15 euros el alojamiento y el desayuno, y otros 5 la cena.
Al salir, me aprovisiono en un quiosco del pueblo de un par de litros de agua que incoporo a mi catimplora, y un bollo de pan. Con el jamón que llevo en la mochila, espero que sea suficiente para reponer fuerzas durante el trayecto.
Comienzo a caminar con cierta inquietud, debida quizá al recuerdo de las vistas del puerto (desde la terraza del hotel) y al peso que la mochila provoca en mi espalda. Aunque quizá mi desazón no traiga su causa sino en la incertidumbre de qué voy a encontrarme en el Atlas profundo del otro lado del puerto.
Poco a poco voy ascendiendo el empinado sendero, dejando cada vez más lejos y pequeño el pueblo de Imlil, y parando de cuando en cuando a beber y tomar alguna foto....
Durante la ascensión, pienso que, en alguna medida, el camino es como la vida: mientras discurren dejamos cosas atrás hasta que acabamos por perderlas definitivamente... Las vistas de Imlil deseparecen cuando llego al alto del puerto (casi tres horas después de partir), lugar en que se abre paso ante mi un valle si cabe mas impresionante.
Es el lugar apropiado para descansar y dar cuenta de mi alimento, mientras observo el paisaje que retrato en la foto que os pongo. Veis el puerto del fondo? Acojona eh?. En realidad más... pues habremos de subirlo mañana, yo y la mochila. Que locura!
El tamaño de las casas del pueblo que veis bajo el puerto (Tamartet), dan una idea de la altura del puerto que habré de subir: el Tizi n'Tamartet.
El pueblo de Tamartet está solo dos kilómetros mas alla del pueblo donde descansaré esta noche, Ouaneskra (en la foto queda escondido en un pliegue de la montaña). Para llegar a Ouaneskra me queda un grato paseo, de unas dos horas y media. Al fin me aproximo:
Llegar a Ouaneskra es el primer paso del retroceso en el tiempo. Adentrarme en el pueblo me resultó una experiencia totalmente impactante. Nada que ver con Imlil. Las caras de la gente reflejan sufrimiento, sus miradas parecen perdidas, sus dientes podridos, sus ropas harapientas... por un momento, deambulando sin rumbo por sus calles, me siento trasladado en el tiempo y el espacio a ese reportaje de Buñuel (Tierra sin pan)... Ni me atrevo a sacar la cámara. El corazón late deprisa. Y no exagero.
En Ouaneskra, uno tiene la sensación de que todo es marrón. La tierra del suelo (os podéis imaginar: no existe el asfalto ni para acceder al pueblo), el barro de las casas, las caras de la gente tostadas por el sol, hasta las ropas, una vez de color, están también tintadas de ese sucio marrón que todo lo envuelve.
La única nota de color en el desolador hábitat, lleno de niños cubiertos de harapos pidiéndote dirhams, viene de algunas esquinas, donde se han instalado puestos de llamativas golosinas, caramelos, chupachups, balones y otros sencillos juguetes,… en alguno te pueden vender alguna cocacola o botella de agua mineral. Eso sí, todo “del tiempo”. No hay neveras. La mayoría de las casas carecen de energía eléctrica: solo algunas disfrutan del hilo de luz que proporciona un único generador instalado en el pueblo.
Todo lo que se vende en esos sencillos puestos parece limpio y brillante (descubrí varios en todo el pueblo), en contraste con la suciedad que todo lo invade en derredor. Uno se pregunta de donde puede esta probre gente sacar los dirhams suficientes para hacer compras de esos productos, ya que la economía local parece basarse únicamente en la agricultura de subsistencia.
Una vez que tomo contacto con la realidad (ya había olvidado el cansancio por un momento) trato de buscar alojamiento. Es evidente que un pueblo así no hay hoteles, hostales, ni nada parecido. Me había informado de que en el pueblo había dos gîtes. Las gîtes son: …la verdad es que no sé como explicarlo. Son casas rurales, aunque ajenas, muchas veces, al lujo y comodidades de las que disponen aquellas que podemos encontrar en España.
He traido de España 3 o 4 docenas de bolis para regalar a los niños de estos pueblos: es mi pequeña y simbólica contribución a las necesidades de escolarización de estos chavales. Después de entregar un boli a uno de los muchos que me encuentro, me devuelve agradecido una mirada y una pequeña castaña que conserva en su bolsillo. Aquí todo tiene valor, y para ellos más. Se lo agradezco de palabra (sucran) y corazón, y la guardo en el bolsillo.
El niño se ofrece a acercarme a una de las gîtes. Disciplinado, le sigo. Una vez dentro, la impresión que me provoca es desagradable: los colchones, sin sábanas ni mantas, por supuesto, están horriblemente mugrientos. Multitud de moscas revolotean cómodas en el ambiente. Huele a cerrado y a sucio. A establo abandonado. Y todo parece impregnado de una mugre que parece incrustarse en cada objeto.
Quizá la otra gîte del pueblo sea igual, así que negocio dormir en ésta: 30 DH después del regateo (algo menos de tres euros). Barato quizá, pero, donde estoy, demasiado caro para lo que ofrece. Me traen un té (no os podéis imaginar como estaba el vaso). Mientras lo tomo me planteo la posibilidad de que me provoque una colitis aguda. Examinados los "baños" del "establecimiento", descarto tal posibilidad: mi aparato digestivo no puede hacerme esa faena. También me pregunto si voy a ser capaz de descansar allí, a pesar de mi cansancio. Mañana tengo una dura jornada y necesitaré dormir.
Después del té, con las ideas más claras y sin el peso de la mochila (que dejé no se si a buen recaudo), me acerco hasta la otra gîte. Es mucho mas grata y el ambiente es encantador. Decido quedarme, después de regatear el precio: dormir, cena y desayuno por menos de 15 euros: 150 DH (cien menos de lo que me habían pedido). Más tarde, regreso a recuperar mi mochila y abonar los 30 DH ofrecidos por la primera: los tratos son los tratos, y yo, ya sabeis, todo un caballero.
Tras de dejar asombrados a los dueños de la primera gîte, me instalo en la habitación contratada. Soy el único huésped del alojamiento.
Aunque el cuarto es muy acogedor, la cama, como veis, es demasiado estrecha.
Pero lo mejor del establecimiento es la terraza, que sirve de comedor, sala de estar, etc…
Pero lo mejor del establecimiento es la terraza, que sirve de comedor, sala de estar, etc…
La terraza asoma a un bello paisaje montañoso que me transmite paz y sosiego.
Eso si: los servicios y la ducha no son dignos de fotografiarse, pero no puedo olvidar que, a pesar de su estado, para la mayoría de los habitantes del pueblo constituirían un lujo inalcanzable.
Para colmo, ese día no hay agua corriente, así que tendría que apañarme con la garrafa de agua (con el asa rota) que me proporciona Rachid, el hijo del dueño. Decido reducir mi limpieza corporal a enjuagarme las manos y la cara con el líquido desinfectante que traigo, y que resultó serme de gran utilidad en mi viaje.
Tras reposar un poco, comodamente, en la terraza del local, mientras la mujer del dueño me prepara un té, dedico un rato a pensar acerca de las múltiples anécdotas que me han acontencido en tan solo una jornada.
Después, ya sin el peso de la mochila, decido dar un paseo por dos núcleos de pueblos limítrofes. Me acompaña Rachid:
La compañia del chaval me resulta amena, y trato de agradecersela comprándole lo que me pide: una pelota y varios dulces en un quiosco... El chaval es avispado, pero me sorprende descubrir que, a pesar de su edad, no sabe escribir el número 5 en mi libreta...
Aquí nos veis en el camino:
He aquí alguna foto de los pueblos que visité...
de los bellos paisajes que pude observar en el paseo...
o de la escena cotidiana, tantas veces repetida, de secar la ropa al sol en montones de tierra...
De vuelta a la gite, poco mas puede ofrecerme el día que disfrutar del tajine que preparó la madre de Rachid. Mientras lo degusto, ya de noche, y con frio, converso con el dueño de la gîte: me cuenta que la anecdota del día en el pueblo es mi cambio de alojamiento (yo no le habia dicho nada y el ya se había enterado), y que ha dejado su aficción al hachís por la aficción al alcohol (¿no tendrás alguna botella en la mochila?, me espetó).... No comment
Creo que es hora de irse a dormir: estoy cansado ya y mañana me espera el día mas duro de la ruta. Le he dicho al dueño que a las siete estaré en pie para desayunar.
SEGUNDA JORNADA DE RUTA: DE OUANESKRA A TIMICHI
No he dormido demasiado bien. Extrañé la cama.
Además estaba inquieto: el atardecer del día anterior se había esfumado con espesas nubes acariciando las montañas. No he venido de vacaciones a asumir peligros innecesariamente. Debo contemplar la posibilidad de encontrarme sólo, en lo alto del puerto de 3.200 metros , rodeado por una niebla que borre el tenue sendero que he de seguir. Es un riesgo que no puedo correr: si no lo veo claro, me quedaré otro día más en el pueblo. O me daré la vuelta.
Con los primeros rayos del sol, y el ruido de la Señora de la casa sirviendo el desayuno, salto de la cama con la mirada puesta en el cielo, en el que únicamente destacan los primeros rayos de un sol radiante. Ni una sola nube. Ánimo, Jaime!
Aun no son las siete y el desayuno está listo: tortas de maíz con miel y té. Sencillo, pero abundante. Suficiente para llenar las baterías de calorías que la dura jornada irá agotando.
Después de desayunar, mi amigo Rachid me ayuda con la mochila. Le entrego 20 DH pidiéndole que me traiga una botella de agua de un quiosco cercano (solo cuesta 6 DH). Me la trae, y entre los dos llenamos la cantimplora. Al instante desparece.
El camino es largo: así que he de salir rápido, cuanto antes mejor. Me despido de la familia. Llamo a Rachid con la noble intención de darle un abrazo, y, si me entendiese, algún consejo: le veo decirme adiós desde la lejanía, como escondido. Me sorprende su actitud… ya caigo! El muy canalla no me ha devuelto los 14 DH que sobraron (pero si se los iba a regalar!). Y yo que ya le había cogido cariño...!
Un hermano del dueño de la gîte vive en el pueblo siguiente, Tacheddirt, a unos dos kilómetros. “Casualmente” ha bajado al lugar donde me hospedé, y al partir yo, él retorna a su pueblo, acompañándome en ese tramo del camino. A los pocos metros de ascensión, descubro sus intenciones: ofrecerse como guía durante la jornada. Me da pena: me parece frustrante que la gente haga esfuerzos con la ilusión de sacarse unos Dirhams, y aquellos resulten en vano. Le agradezco la oferta, pero prefiero caminar solo.
El camino de Ouaneskra a Tacherddit, de unos cuarenta minutos, ya anticipa lo duro de lo jornada. La mochila parece más pesada aún que ayer, y molesta severamente en los hombros y en la cintura.
A Tacherddit, puede llegarse por carretera, recién construida, desde Imlil. Según me han informado, en este pueblo acaban de estrenar una moderna y cómoda gîte. Pero ni la carretera ni la nueva gîte parecen haber cambiado la vida de los habitantes del lugar...
Esta que os puesto es una estampa cotidiana, demasiado cotidianana: los hombres, con las manos en los bolsillos; las mujeres, más bien niñas, de apenas 12 o 14 años, en plena pubertad, recogiendo el maíz y transportándolo a las espaldas como autenticas mulas de carga. Algunas de las que vi eran niñas muy bonitas. Que vidas! y que futuro!
Merece la pena hacer clic en la foto que os he puesto y ampliarla: podreis observar la cara de resignación de la muchacha. Es ésta una de esas fotos que hacen pensar...
Nada mas abandonar el pueblo me topo de bruces con el comienzo del Tizi n'Tacherddit, de 3172 metros de altitud. Desde Ouaneskra, ascender a su cumbre supone superar un desnivel de mas de mil metros. Es, sin duda, uno de los lugares mas altos a los que he subido en mi vida. La sola imagen de la ascensión, desde abajo, ya impresiona, mucho más en realidad de lo que podeis ver en la foto.
El ascenso resulta largo y duro. Mientras avanzo me encuentro con una pareja de holandeses y un numeroso grupo de chicas suizas haciendo la misma etapa, aunque todos han salido desde Tacherddit.
Lo tienen más fácil: transportan en mulas y burros todos sus enseres, con lo cual no han de cargar con los diecisiete kilos que yo llevo en mi mochila y que, a cada metro, se llevan peor.
Yo no voy a competir con nadie, sino a disfrutar del día, de la ruta, y del paisaje.
Aquí me veis, en plena faena, protegiendo del sol que ya me está quemando:
En un pequeño circulo rojo marco el alto del tizi n'Tamartet, desde donde ayer fotografié el puerto que ahora subo. A ver si lo encontrais:
Por fin se vislumbra la cima, lugar inhóspito salvo para algunas cabras que, como veis, pastan felices:
Después de casi cuatro horas, lo hemos conseguido:
Es hora de reponer fuerzas, mientras observo el otro lado del puerto, y con él, los escarpados picos del atlas:
Es una pena que en las fotos no se aprecie la grandiosidad de los paisajes.
Estoy cansado. Ya solo queda bajar, pero… no imaginaba que el descenso fuese así: son demasiadas horas frenando con mis piernas el peso del cuerpo y la mochila, y sorteando, sin éxito, puntiagudos guijarros que se clavan en mis pies y quiebran mis tobillos.
Hasta llegar a mi destino he de descender muchos kilómetros que se concretan en un desnivel de mas de mil trescientos metros: se me hicieron eternos.
El paisaje es vasto, árido y desértico: quizá en todo ello radica su belleza. Unos viejos y retorcidos enebros centenarios ponen una nota de color a los pálidos colores que la tierra ofrece.
He de bajar despacio: el sendero, en ocasiones, cuelga precariamente de la ladera. Lo mejor en esos casos es no mirar a los lados, y permanecer concentrado para no resbalar ni dar un paso en falso.
Después de otras casi cuatro horas, en medio de ese yermo enclave, aparece el pueblo de Labassene:
He leido en algún sitio que es uno de los pueblos más bonitos de Marruecos: no creo que sea para tanto. Lo cierto es que es uno de los más míseros que yo conozco.
Como podéis observar, las avenida principal es una escorrentía que transporta el agua de lluvia de la montaña a las terrazas artificiales que se hayan debajo, y que constituyen la única superficie cultivable en varios kilómetros. Puedo imaginar la sensación que ha de provocar el torrente de agua incontrolado circulando por el centro del pueblo en épocas de lluvias, y el ruido de los rollos rodando, amenazantes, entre las casas.
Aquí podeis ver una foto tomada desde mas cerca:
Y este pedregal que veis aquí es la avenida principal, vista desde abajo (¡qué difícil circular por ella!):
La gente sobrevive aquí ajena de cualquier atisbo de civilización: el escarpado y estrecho sendero que, siempre en cuesta, zigzaguea decenas de kilómetros por la montaña, constituye su única vía de acceso, no apta para ningún medio dotado de ruedas.
Obviamente no hay luz eléctrica en el pueblo. Tampoco agua corriente: solo disponen de aquella que puedan acarrear desde el río, unos cuantos metros mas abajo.
Las caras de las personas reflejan miseria, desesperación y abatimiento.
Aquí os muestro alguna imagen que robo de su vida cotidiana, y no comento más:
Desde Labassene aún me quedan más dos kilómetros para llegar a Timichi. A pesar de que el sendero está más arreglado, no por ello es mas cómodo, y el trayecto se me hace eterno. Camino despacio: ya me han adelantando la pareja holandesa y las chicas suizas.
Al fin me aproximo, ya cuando las sombras del atardecer empiezan a teñir de oscuro el paisaje:
Timichi tiene muchas similitudes con el pueblo anterior: mismos servicios, mismas casas de barro que dan impresión de abandono, mismas caras,... y casi la misma miseria. Aquí una vista de la parte principal del pueblo, que se haya al otro lado del rio:
En Timichi hay dos gîtes: la primera que visito está en una de las casas que veis al fondo, tras cruzar el río (con un cartel rojo).
La dueña me recibe con una sonrisa jubilosa: los 30 DH que percibiría si me quedo serían, a buen seguro, garantía de su sustento durante varios días.
Después de visitar las dos o tres estancias principales de la casa, le pregunto por la habitación (¿chambre?). Me indica que ya la había visto (y yo sin saberlo) y me la vuelve a mostrar: consiste en un cuarto desconchado, cuyo único mobiliario es una alfombra mugrienta (no hay cama ni objeto alguno). Y no solo la alfombra está sucia... toda la casa merece una limpieza y arreglo en profundidad.
Además... alli no hay nadie, tampoco las chicas suizas. Asi que: lo siento, Señora. Me voy.
Al salir, dos niños me lanzan piedras, sin que nadie les reprenda.
Me acerco hasta la otra gîte, que está al otro lado del río. Tampoco es que sea un hotel de cuatro estrellas, pero al menos están las chicas. jejejeje.
¡Aunque como para chicas estoy yo!: sucio, quemado por el sol, reventado, y con dolores en las piernas, los pies, la espalda (¡dichosa mochila!), lo único que me apetece es descansar.
En la gîte me recibe Brahim, el dueño: hombre orondo, entrado en años, ataviado con una chilaba azul (que oculta una prominente barriga) y un espeso bigote. Tiene el semblante de hombre decidido y resuelto, de esos que están pendientes de todo, y que parece tenerlo todo controlado.
Le pido un sitio para dormir y tras decirme que sí, se queda pensando (como queriendo decir: ¿donde meto yo a este?. De su reacción intuyo que las habitaciones principales son ocupadas.
Me lleva a un cuarto oscuro (en el establecimiento, como en el pueblo, no hay luz eléctrica). Una vez dentro, ilumina con una linterna media docena de estrechas e incómodas camas donde creo que van a dormir los guias y muleros marroquies. Me indica una de esas camas, la que está libre.
Uffff, no lo veo claro, y le miro como pidiéndole otro sitio:... Parece leerme los ojos, y, después de pensarlo me dice que tiene otra habitación libre, pero me solicita un rato para prepararla.
Me lleva a un cuarto oscuro (en el establecimiento, como en el pueblo, no hay luz eléctrica). Una vez dentro, ilumina con una linterna media docena de estrechas e incómodas camas donde creo que van a dormir los guias y muleros marroquies. Me indica una de esas camas, la que está libre.
Uffff, no lo veo claro, y le miro como pidiéndole otro sitio:... Parece leerme los ojos, y, después de pensarlo me dice que tiene otra habitación libre, pero me solicita un rato para prepararla.
Espero en el patio, donde está la pareja de holandeses: después de tantos adelatamientos mutuos en la ruta ya nos hecho amigos. La chica es muy simpática y me confiesa que se ha tomado la ruta como una competición. Está contenta porque ha llegado antes que yo: necesitaba vengarse del uno a cero del mundial. Le reconozco la victoria, pero también la desigualdad en la competición. Yo llevaba mochila, ella una mula y un guía. ¡Así cualquiera!
Al rato me llevan a la habitación que me han preparado: intuyo, por su ubicación en el edificio, que es la habitación del mismo Brahim, o de alguien de su familia, que han desalojado para que yo lo ocupe. No tiene deperdicio el cuarto. Al día siguiente le hice varias fotos....
El cuarto está sucio, especialmente sus tres únicos elementos: el colchón, la almohada y la alfombra. Pero no importa: traigo el saco. Además... es lo que hay. Brahim me ha dado lo mejor que tiene, renunciando él a sus propias "comodidades". Así que: le estoy muy agradecido. Le muestro ese agradecimiento con una sonrisa y un apretón de manos: ya nos estamos cayendo bien.
Brahim se ausenta, y yo trato de acomodarme. Al poco regresa y me entrega una vela: no quiere que me falte de nada. Como me ve sin asear aún, me pide que le acompañe. Quiere enseñarme la “joya” del establecimiento: una ducha.
La ducha consiste en un pequeño cuarto con la cal de las paredes desprendida, y con manchas de humedad. El suelo, que parece de gres, dispone de una rejilla en un lado. Un viejo grifo ya desprendido de la pared mana un débil hilo de agua, rescatada de algún manantial cercano y calentada con cualquier artilugio de gas que alguna mula habrá traído de la civilización. En la ventana cuelga una vela: su cera requemada y la de todas las que le han precedido, ha dejado negros surcos. El aspecto de la ducha es funesto, pero… ¡cómo se agradece una ducha a estas horas!. Brahim esta orgulloso de su instalación y yo me muestro maravillado para complacerle.
Ceno con los holandeses y su guía. Hoy toca cuscus… con poco pollo y mucha sémola, pero en todo caso abundante. La conversación es muy amena. El guía cuenta, en Ingles, anécdotas interesantes de la historia y cultura marroquí que algunas veces logro entender. De reojo, observo el deambular de las suizas: `¡que sosas y ariscas son...!
Al terminar de cenar, guias, muleros y el propio Brahim se arrodillan en el suelo del patio. Es la hora del rezo.
Cuando termina, un par de horas después de anochecer, ya no puedo mas. Me voy al saco.
TERCERA JORNADA DE RUTA: DE TIMICHI A SETTI FATMA
Por la mañana me levanto poco después que el sol.
Brahim me trae diligente el desayuno: café con leche, pan, un bote de mermelada, otro de mantequilla, y otro de nocilla. Los dos últimos botes están vacíos. En España, si te ponen esto en un bar, pensarías que el camarero está bromeando contigo; aquí, sin embargo, toca apurar con el cuchillo el contenido de ambos envases: todo vale y todo cuesta.
Brahim me suministra dos litros de agua y un pan recién salido de su horno. Me hace la cuenta de todo: cena, desayuno, suite, pan, agua… 10 DH (unos nueve euros). Sale a despedirme a la puerta donde me estrecha afectuosamente sus dos manos y me indica el camino que he de seguir.
Soy el primero en abandonar la gîte.
El amanecer en Timichi me regala las primeras escenas de vida: aquí podéis ver a dos niñas persiguiendo a una vaca. Una de ellas, además de niña, es madre, y corre entre las piedras del río con el bebé asido a la espalda….
Como ya he dicho en otro capítulo, mi escasa y mísera contribución al desarrollo local se está ciñendo a la entrega de lápices y bolígrafos a aquellos niños que me voy encontrando. Sin embargo, mi hermano, como buen sanitario, ha querido coadyuvar con el inexistente sistema de salud de esta pobre gente, entregándome un par de cajas de antibióticos. En un momento crítico, ya sabeis: un antibiótico hasta puede salvar vidas, y en esos pueblos no hay farmacias, ni dinero para comprarlos.
Desde que he salido de la gîte los llevo a mano: el problema es que no sé a quién entregarlos. Brahím, sin duda, los hubiera reservado para él o para algún turista acatarrado. Cualquier otra persona que me encuentro al paso no sabría utilizarlos o, en cualquier caso, los reservaría para su exclusivo beneficio.
Al salir del pueblo, observo al Imán de la mezquita. Está asomado en lo alto del minarete, y desde ahí parece supervisar el comportamiento de todo el pueblo. Al verlo, levanto los sobres y, haciendo un gesto con la mano, le pido que baje. Entonces, desciende raudo las escaleras y, ya en la calle, frente a mí, me mira fijamente. Está vestido con una raida túnica color naranja. Sus dientes están podridos y su cara parece desencajada. Le entrego los sobres y le explico: “antibiotic”. Los recibe pronunciando la misma palabra. Los mira y remira como pensando para qué pueden servir. En todo caso, trata de agradecérmelos ofreciéndome un té y sacándome una alfombra para que me siente a la puerta de la mezquita (quienes no somos musulmanes no podemos acceder al interior). Declino la invitación: tengo que continuar el camino. Además, no puedo entenderme con él.
El camino continúa, discurriendo por varios pueblos de similares características. Bien es cierto que, más o menos a mitad de la ruta, una vez dejado atrás el pueblo de Tadrart, el angosto y abrupto sendero se torna en una pista de tierra que permite el paso a vehículos todoterreno. Ya entonces, a algunas viviendas de esos poblados comienza a llegar la luz eléctrica, e incluso alguno de ellos dispone de escuela. Aqui veis a unos niños corriendo hacia ella...
Sorprende ver los pueblos, pero más aún, los duros esfuerzos de sus mujeres y hombres por salir adelante. Es la época de la recogida de castañas. Hay q aprovecharlas todas, incluso las que están en lugares inaccesibles. Fijaos como el hombre de azul que veis en la foto se juega la vida al borde del abismo para alcanzar unas cuantas....
¿Y que me decís de este hombre (lo había fotografiado en Imlil), ya de avanzada edad, que sube a varear el árbol casi hasta la misma copa?.
Le vi bajar presuroso, con la tarea a media hacer, a la hora en que Imán, con voz rasgada, llamaba a la oración desde la mezquita. Entonces, arrodillado en el suelo, al lado de la mula, daba gracias a Alá… (abro un paréntesis para la reflexión).
A medida que avanzo, mi cuerpo acusa el palizón de los días anteriores, y mientras el camino ensancha, mis fuerzas se van estrechando irremediablemente. Ya no me sirve comer a cada hora, ni tomar un montón de dulces que me aporten azúcar. Cada poco me paro, dejando caer mi mochila sobre el seco terreno, y aprovechando, eso si, para admirar las vistas y paisajes, en algunos casos sobrecogedores...

Aún me queda, por tanto, un fuerte descenso, que acaba de romper definitivamente mis piernas. Una vez abajo, me sorprendo al descubrir que todavía me queda más de un kilómetro para llegar a la carretera. Los primeros núcleos de población aún están muy poco desarrollados: acceder a ellos andando, solo puede hacerse sorteando el río por este curioso y destartalado puente, a cuya vera algunas mujeres hacen la colada…
Al fin llego a la carretera, y a un conjunto de modestos bares, restaurantes y hoteles rodeados de animados puestos callejeros.
Es hora de descansar, dejándome caer en la silla de una terraza a disfrutar de un refresco. La ruta ha sido preciosa, pero las fuertes pendientes y el peso de la mochila han provocado que sus treinta y un kilómetros me parecieran más del doble. Me han dicho que puedo divisar una bonita cascada a una hora andando de Setti Fatma, pero creo que ya he caminado lo suficiente durante estas tres jornadas.
Me voy a Marrakech.
No hay autobuses que cubran el recorrido entre Setti Fatma y Marrakech. Transitaré los sesenta y cinco kilómetros que aproximadamente separan ambas poblaciones en Grand Taxi. Los Grand Taxis son un medio de transporte muy utilizado por los marroquíes: son grandes y viejos mercedes que cubren determinados itinerarios. ¿Os imagináis lo que cuesta en España viajar en taxi 65 kilómetros? En Marruecos me costó 25 DH (poco más de 2 euros).
Eso sí, los Grand Taxis solo salen cuando se llenan… pero cuando se llenan completamente, es decir, con 6 personas además el conductor. Nos distribuimos de la siguiente manera: una pareja de novios en el asiento del copiloto. Atrás, tremendamente apretados, un hombre de unos noventa o cien kilos, y una pareja de marroquíes. La mujer, al lado de la puerta, tapa tímidamente la cara tras un pañuelo y agacha la cabeza. Yo voy en el medio. Imposible moverme: me voy a quedar como un sello….
En una hora llego a Marrakech y a su agradable barullo, cuando ya empieza a caer la tarde…
(Para ver mis experiencias por marrakech, pincha en "entradas antiguas")






































me ha parecido genial el viaje, enhorabuena por lo vivido. Podrias indicar donde conseguiste las rtuas realizadas?? gracias de antemano
ResponderEliminarHola jaime, me parece fantastico tu viaje. Solamente te escribo para darte la enhorabuena por el blog ya que está muy bien explicado, y pedirte si tienes las rutas en gps o en mapa, mi email es bituminario@yahoo.es
ResponderEliminarsaludos
espectacular tu viaje. Me gustaría hacer algo similar. Si eres tan amable podrías pasarme información?. Mi mail humana1971@outlook.com. Saludos
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